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  • Writer: Perรบ USA Southern CA
    Perรบ USA Southern CA
  • Jul 14
  • 15 min read

Por: Nรฉstor Ikeda


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๐ธ๐‘ ๐‘ก๐‘Ž es la primera de una ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘–๐‘™๐‘œ๐‘”๐‘–ฬ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘ก๐‘–ฬ๐‘๐‘ข๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘ฃ๐‘œ๐‘ฆ ๐‘Ž ๐‘๐‘ข๐‘๐‘™๐‘–๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘‘๐‘’๐‘‘๐‘–๐‘๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž ๐‘Ž ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘–๐‘œ๐‘‘๐‘–๐‘ ๐‘ก๐‘Ž๐‘  ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘‘๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ๐‘› ๐‘‘๐‘’ฬ๐‘๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž๐‘  ๐‘‘๐‘’ ๐‘ ๐‘ข๐‘  ๐‘ฃ๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘  ๐‘Ž ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘๐‘Ÿ๐‘œ๐‘“๐‘’๐‘ ๐‘–๐‘œฬ๐‘› ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘ฆ๐‘Ž ๐‘›๐‘œ ๐‘’๐‘ฅ๐‘–๐‘ ๐‘ก๐‘’ ๐‘๐‘œ๐‘š๐‘œ ๐‘™๐‘œ ๐‘๐‘œ๐‘›๐‘œ๐‘๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ๐‘›: ๐‘’๐‘™ ๐‘ƒ๐‘’๐‘Ÿ๐‘–๐‘œ๐‘‘๐‘–๐‘ ๐‘š๐‘œ. ๐‘ƒ๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ๐‘ , ๐‘’๐‘™ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘–๐‘œ๐‘‘๐‘–๐‘ ๐‘š๐‘œ ๐‘“๐‘ข๐‘’, ๐‘‘๐‘ข๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘›๐‘ก๐‘’ ๐‘‘๐‘’ฬ๐‘๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž๐‘ , ๐‘š๐‘Žฬ๐‘  ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘๐‘Ÿ๐‘œ๐‘“๐‘’๐‘ ๐‘–๐‘œฬ๐‘›: ๐‘“๐‘ข๐‘’ ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘“๐‘œ๐‘Ÿ๐‘š๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘ฃ๐‘–๐‘‘๐‘Ž. ๐‘ˆ๐‘› ๐‘ก๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ÿ๐‘–๐‘ก๐‘œ๐‘Ÿ๐‘–๐‘œ ๐‘‘๐‘œ๐‘›๐‘‘๐‘’ ๐‘™๐‘Ž ๐‘ฃ๐‘’๐‘Ÿ๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘ ๐‘’ ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘๐‘Ž ๐‘๐‘œ๐‘› ๐‘ก๐‘’๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’๐‘‘๐‘Ž๐‘‘, ๐‘‘๐‘œ๐‘›๐‘‘๐‘’ ๐‘™๐‘Ž๐‘  ๐‘›๐‘œ๐‘โ„Ž๐‘’๐‘  ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘ก๐‘’๐‘›๐‘–ฬ๐‘Ž๐‘› ๐‘ ๐‘œ๐‘›๐‘–๐‘‘๐‘œ ๐‘๐‘Ÿ๐‘œ๐‘๐‘–๐‘œ ๐‘ฆ ๐‘‘๐‘œ๐‘›๐‘‘๐‘’ ๐‘™๐‘Ž๐‘  ๐‘Ÿ๐‘’๐‘‘๐‘Ž๐‘๐‘๐‘–๐‘œ๐‘›๐‘’๐‘  ๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘› ๐‘ก๐‘’๐‘š๐‘๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘™, ๐‘ก๐‘–๐‘›๐‘ก๐‘Ž ๐‘ฆ ๐‘ฃ๐‘œ๐‘๐‘Ž๐‘๐‘–๐‘œฬ๐‘›. ๐ป๐‘œ๐‘ฆ, ๐‘’๐‘ ๐‘’ ๐‘š๐‘ข๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ ๐‘’ โ„Ž๐‘Ž ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘ฃ๐‘Ž๐‘›๐‘’๐‘๐‘–๐‘‘๐‘œ. ๐ฟ๐‘Ž๐‘  ๐‘“๐‘Ž๐‘๐‘ข๐‘™๐‘ก๐‘Ž๐‘‘๐‘’๐‘  ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘–๐‘œ๐‘‘๐‘–๐‘ ๐‘š๐‘œ ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘’๐‘๐‘’๐‘›, ๐‘™๐‘Ž๐‘  ๐‘Ÿ๐‘’๐‘‘๐‘Ž๐‘๐‘๐‘–๐‘œ๐‘›๐‘’๐‘  ๐‘ ๐‘’ ๐‘ ๐‘–๐‘™๐‘’๐‘›๐‘๐‘–๐‘Ž๐‘›, ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘—๐‘œฬ๐‘ฃ๐‘’๐‘›๐‘’๐‘  ๐‘š๐‘–๐‘”๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘› โ„Ž๐‘Ž๐‘๐‘–๐‘Ž ๐‘œ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘œ๐‘  ๐‘œ๐‘“๐‘–๐‘๐‘–๐‘œ๐‘  ๐‘ฆ ๐‘’๐‘™ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘–๐‘œ๐‘‘๐‘–๐‘ ๐‘š๐‘œ ๐‘๐‘™๐‘Žฬ๐‘ ๐‘–๐‘๐‘œ ๐‘ ๐‘’ ๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ฃ๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘ก๐‘’ ๐‘’๐‘› ๐‘š๐‘’๐‘š๐‘œ๐‘Ÿ๐‘–๐‘Ž. ๐ธ๐‘ ๐‘ก๐‘Ž ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘–๐‘™๐‘œ๐‘”๐‘–ฬ๐‘Ž โ€”a ser ๐‘๐‘ข๐‘๐‘™๐‘–๐‘๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž ๐‘’๐‘› ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘’๐‘  ๐‘‘๐‘–ฬ๐‘Ž๐‘  ๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ ๐‘’๐‘๐‘ข๐‘ก๐‘–๐‘ฃ๐‘œ๐‘ โ€” ๐‘’๐‘  ๐‘ก๐‘Ž๐‘š๐‘๐‘–๐‘’ฬ๐‘› ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘–๐‘›๐‘ฃ๐‘–๐‘ก๐‘Ž๐‘๐‘–๐‘œฬ๐‘› ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘—๐‘œฬ๐‘ฃ๐‘’๐‘›๐‘’๐‘  ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘ข๐‘›๐‘๐‘Ž ๐‘ฃ๐‘–๐‘ฃ๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ๐‘› ๐‘’๐‘ ๐‘Ž ๐‘’ฬ๐‘๐‘œ๐‘๐‘Ž, ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘ ๐‘’๐‘๐‘Ž๐‘› ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘’๐‘™ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘–๐‘œ๐‘‘๐‘–๐‘ ๐‘š๐‘œ ๐‘ก๐‘ข๐‘ฃ๐‘œ ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘’๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘‘๐‘’ ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘œ, ๐‘ข๐‘› ๐‘’๐‘ ๐‘๐‘–ฬ๐‘Ÿ๐‘–๐‘ก๐‘ข, ๐‘ข๐‘› ๐‘Ÿ๐‘ข๐‘–๐‘‘๐‘œ, ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘“๐‘’.


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En una clase de estilo periodรญstico en la antigua Escuela de Periodismo de la Universidad Catรณlica del Perรบ, a fines de los aรฑos sesenta, un estudiante lanzรณ una pregunta que parecรญa inocente, pero que llevaba una carga que solo el tiempo revelarรญa: ยฟEl periodismo es una carrera o un oficio?

El profesor Josรฉ Velรกsquez Neyra โ€”periodista de redacciones donde la tinta aรบn tenรญa olor y las mรกquinas Underwood marcaban el ritmo de la nocheโ€” sonriรณ con esa mezcla de ironรญa y sabidurรญa que solo poseen quienes han vivido el oficio desde adentro. โ€œDepende de la velocidad con que vayasโ€ฆโ€, respondiรณ.

Aquella frase, que entonces provocรณ risas y complicidades juveniles, hoy suena como un presagio. Mรกs de sesenta aรฑos despuรฉs, en otro siglo y otro milenio, la pregunta sigue viva, pero ahora lleva una sombra encima: ยฟEs necesario estudiar periodismo para ser periodista en un mundo donde el periodismo mismo parece desvanecerse?

La respuesta ya no es tan clara como antes. El periodismo sigue siendo una carrera, sรญ, pero dejรณ de ser una profesiรณn cerrada. Hoy es un oficio abierto, casi desamparado, que ya no pertenece exclusivamente a quienes lo estudiaron, sino a quienes lo ejercen con rigor, aunque vengan de otros territorios.

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Durante gran parte del siglo XX, el camino era nรญtido: se estudiaba periodismo, se ingresaba a un diario, se ascendรญa en la redacciรณn, se aprendรญa de los mayores, se vivรญa el oficio como una forma de vida.

Ese mundo ya no existe.

Hoy, un abogado escribe columnas. Un economista redacta anรกlisis. Un ingeniero produce reportajes de datos. Un mรฉdico escribe sobre salud pรบblica con precisiรณn quirรบrgica. Un escritor narra crรณnicas que parecen arrancadas de la vida misma.

Ninguno de ellos pasรณ por una facultad de periodismo. Y, sin embargo, muchos son asalariados de medios que ya no exigen la vieja credencial acadรฉmica.

El periodismo se volviรณ poroso, hรญbrido, interdisciplinario. La autoridad ya no proviene del tรญtulo, sino del rigor, la claridad y la credibilidad.

ยฟSirve entonces estudiar periodismo? Sรญ, pero ya no como antes. Sirve para aprender รฉtica. Sirve para entender cรณmo verificar informaciรณn. Sirve para entrevistar con mรฉtodo. Sirve para narrar con precisiรณn. Sirve para comprender instituciones, investigar con disciplina, desarrollar criterio editorial. Pero ya no garantiza nada de lo que antes garantizaba: ni empleo estable, ni ingreso a una redacciรณn, ni ascenso profesional, ni pertenencia a un medio, ni una vida entera dentro del oficio.

La formaciรณn periodรญstica universitaria se volviรณ una base, no un destino. Un punto de partida, no una promesa.

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Las universidades no eliminaron las escuelas de periodismo por capricho. Lo hicieron porque el mercado laboral cambiรณ, porque el oficio se fragmentรณ, porque la comunicaciรณn se volviรณ un campo mรกs amplio y mรกs rentable.

El periodismo, en cambio, se volviรณ un territorio incierto: autรณnomo, disperso, vulnerable, difรญcil de encasillar en un currรญculo rรญgido.

Por eso hoy predominan las facultades de Ciencias de la Comunicaciรณn, que forman profesionales para todo: medios, empresas, oficinas pรบblicas, plataformas digitales, producciรณn audiovisual, marketing, anรกlisis de datos, gestiรณn comunitaria.

El periodismo โ€”ese que muchos conocieron en su รฉpoca de oroโ€” quedรณ reducido a una especializaciรณn dentro de un campo mayor. Un cuarto pequeรฑo dentro de una casa que ya no le pertenece.

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La respuesta es dolorosamente salomรณnica: ambas cosas.

Se deshace en cuanto la figura clรกsica del reportero de redacciรณn fija ya no existe, como tampoco existe la carrera lineal dentro de un periรณdico, la identidad profesional basada en el medio, la estabilidad laboral que definรญa el oficio.

Se rehace en cuanto ahora un periodista debe actuar como un comunicador, como narrador multimedia, como analista especializado, como verificador de datos, como creador independiente, como productor audiovisual, como curador informativo, como investigador freelance, como autor de newsletters y podcasts.

El periodista del siglo XXI ya no es un empleado: es un autor que se mueve entre mรบltiples escenarios, casi siempre en soledad.

Hoy hay profesionales que escriben, pero que no necesariamente hacen periodismo.

Un abogado puede escribir sobre derecho. Un economista sobre economรญa. Un mรฉdico sobre salud. Un ingeniero sobre tecnologรญa. Pero el periodista es quien conecta esos saberes con la sociedad, quien traduce la complejidad, quien investiga mรกs allรก de su campo, quien interroga al poder, quien cuida la verdad como un bien pรบblico.

Por eso el periodismo sigue siendo un oficio especรญfico, aunque ya no sea una profesiรณn exclusiva.

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Ser periodista hoy es ejercer una funciรณn social. Es sostener la claridad en medio del ruido. Es investigar lo que otros prefieren ocultar. Es narrar con rigor. Es verificar con mรฉtodo. Es interpretar con responsabilidad. Es explicar con profundidad. Es resistir la superficialidad digital. El periodista es menos un tรญtulo y mรกs una vocaciรณn รฉtica.

Ser periodista hoy es ejercer โ€œun oficioโ€ que resiste en silencio. Si bien no es necesario estudiar periodismo para escribir, informar o investigar, sรญ es necesario formarse como periodista para ejercer el oficio con responsabilidad.

La formaciรณn puede venir de la universidad, de la prรกctica, de la lectura, de la investigaciรณn, de la experiencia interdisciplinaria, de la mentorรญa, de la รฉtica personal.

El periodismo ya no es una profesiรณn cerrada. Es un oficio abierto, exigente, vulnerable y necesario.

Y quienes lo ejercen โ€”vengan de donde venganโ€” deben hacerlo con la conciencia de que la verdad no es un producto: es un servicio pรบblico que merece ser defendido, incluso cuando el ruido de las viejas redacciones ya se ha apagado.

(Fin del primer artรญculo)


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Durante buena parte del siglo XX, ser periodista era una vocaciรณn con destino claro. La ruta estaba trazada: se estudiaba periodismo, se ingresaba a una redacciรณn, se aprendรญa de los veteranos y se ascendรญa en un entorno con reglas, jerarquรญas y un horizonte profesional reconocible. La carrera combinaba disciplina, intuiciรณn y carรกcter; era una forma de vida sostenida por la estabilidad de las empresas periodรญsticas y por la confianza del pรบblico. Ese mundo ya no existe. Sin embargo, el periodismo sigue ahรญ, respirando entre las grietas que le ha abierto la transformaciรณn digital.

Hace cincuenta aรฑos, mucho antes del celular, de Google y de la inteligencia artificial, estudiar periodismo era casi un rito de iniciaciรณn. Las facultades enseรฑaban redacciรณn informativa, รฉtica profesional, tรฉcnicas de entrevista, estructura de la noticia y manejo de fuentes. Pero la verdadera formaciรณn ocurrรญa en la redacciรณn. Allรญ, el joven periodista era moldeado por reporteros curtidos, editores exigentes y jefes de informaciรณn capaces de distinguir una historia verdadera de una trivial. La correcciรณn era directa: si un dato era falso, se decรญa โ€œfalsoโ€, sin eufemismos. Hoy, esa palabra ha sido reemplazada por โ€œfake newsโ€, un tรฉrmino que incomoda porque diluye la responsabilidad individual en un fenรณmeno global.

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Para los periodistas de la vieja guardia, la redacciรณn era una escuela viva: un espacio donde se aprendรญa a mirar, a preguntar, a desconfiar, a narrar. El mercado laboral ofrecรญa un camino claro: habรญa plazas, estabilidad y futuro. Con el empleo venรญa el orgullo de trabajar para un gran medio, orgullo compartido por los propietarios, que invertรญan en la formaciรณn de sus equipos.

En Perรบ, uno de esos propietarios fue Pedro Beltrรกn Espantoso, dueรฑo del diario La Prensa, rival directo de El Comercio. Beltrรกn creรณ la cรฉlebre "Escuelita", en el diario La Prensa, un programa de capacitaciรณn interna que funcionรณ durante las dรฉcadas de 1950 y 1960. No era una escuela acadรฉmica, sino un sistema de perfeccionamiento continuo dentro de la redacciรณn. Los periodistas participaban en talleres, revisaban su trabajo y aprendรญan tรฉcnicas de ediciรณn estricta. La Escuelita enseรฑaba a separar informaciรณn de opiniรณn, a escribir con exactitud y a informar sin censura. Fue un semillero de talentos y un estรกndar de excelencia en la รฉpoca de oro de la prensa peruana.

Ese modelo de formaciรณn, copiado por algunos periรณdicos en otros paรญses, ya no existe. Y en las universidades, las facultades de periodismo han sido reemplazadas por facultades de Ciencias de la Comunicaciรณn, un campo mรกs amplio que prepara profesionales para un mercado igualmene mรกs diverso: comunicaciรณn digital, audiovisual, corporativa, publicitaria, polรญtica, cientรญfica. El periodismo, dentro de ese nuevo mundo, se volviรณ una especializaciรณn. Y ese cambio ha tenido consecuencias institucionales profundas.

๐‹๐š๐ฌ ๐ฏ๐ขฬ๐œ๐ญ๐ข๐ฆ๐š๐ฌ

Una de las vรญctimas mรกs visibles es el Colegio de Periodistas del Perรบ (CPP). Fundado hace mรกs de cincuenta aรฑos, sus estatutos todavรญa exigen el tรญtulo de Periodista para colegiarse, grado acadรฉmico que las universidades ya no lo otorgan. El CPP se encuentra atrapado asรญ en una paradoja: para sobrevivir necesita nuevos miembros, pero para admitirlos exige un requisito que el sistema universitario dejรณ de producir. Ante la presiรณn del tiempo y las finanzas, el Colegio ha empezado a afiliar a titulados en Ciencias de la Comunicaciรณn, aunque sin modificar formalmente sus normas. Tarde o temprano deberรก enfrentar una decisiรณn dolorosa: cambiar su nombre para incluir a comunicadores o aceptar una agonรญa institucional que podrรญa ocasionarle la inminente creaciรณn del Colegio de Comunicadores Sociales del Perรบ.

El problema no es exclusivo del CPP. El Club de Periodistas del Perรบ, creado hace mรกs de 60 aรฑos por figuras de la รฉlite del periodismo impreso, enfrenta una situaciรณn similar. Cuando presidรญ el Club, inscribir nuevos socios periodistas jรณvenes era difรญcil porque no los habรญa: los jรณvenes comunicadores no se sentรญan representados por una instituciรณn cuyo nombre alude a un tรญtulo o una especialidad que ellos no poseen. Hoy, la edad promedio de los miembros jรณvenes del Club supera los 50 aรฑos y los miembros histรณricos pasan de los 70. Con esa composiciรณn de la membresรญa, el futuro del Club es tambiรฉn incierto.

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Ello se debe a que el periodismo dejรณ de ofrecer lo que antes ofrecรญa: estabilidad, ascenso profesional, pertenencia a una comunidad sรณlida y la posibilidad de construir una vida entera dentro de un medio. El joven contemporรกneo vive en un mundo donde la creatividad se monetiza de formas nuevas, donde la independencia es un valor y donde los medios tradicionales ya no representan un horizonte aspiracional. Hoy existen youtubers que producen reportajes en lugares inimaginables y reciben ingresos que ningรบn periรณdico podrรญa ofrecerles. Muchos tienen sus propios canales digitales y trabajan como sus propios empleadores, con modelos econรณmicos mรกs atractivos que los de la prensa tradicional.

El periodismo, entonces, parece no tener sitio en la nueva realidad digital. Pero sigue siendo atractivo, no como estilo de vida, sino como competencia transversal. Es una base, pero ya no un destino. El joven que siente interรฉs por el periodismo aprende pronto que debe migrar su vocaciรณn hacia รกreas donde la narrativa, la investigaciรณn y la comunicaciรณn siguen siendo centrales, mรกs rentables, pero con รกreas que tienen modelos econรณmicos mรกs sรณlidos: comunicaciรณn digital, producciรณn audiovisual, marketing de contenidos, anรกlisis de datos, storytelling corporativo, consultorรญa estratรฉgica, diseรฑo narrativo.

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Sin embargo, el periodismo no va a desaparecer. La sociedad no puede vivir sin รฉl. Lo que desapareciรณ โ€”o estรก desapareciendoโ€” es la forma industrial que lo sostuvo durante un siglo. El periodista, como figura, es hoy mรกs solitario, mรกs hรญbrido, mรกs autรณnomo. Pero tambiรฉn mรกs necesario.

En un mundo saturado de ruido, donde la verdad se fragmenta y la velocidad reemplaza a la reflexiรณn, el periodista โ€”ese que investiga, verifica, interpreta y narra con rigorโ€” se convierte en un faro. Quizรก ya no tenga una facultad universitaria que lleve la palabra Periodismo en su nombre. Quizรก ya no tenga un periรณdico que lo reciba como destino final. Quizรก ya no tenga una redacciรณn que lo proteja. Pero tendrรก algo mรกs importante: la responsabilidad de sostener la claridad en medio del bullicio digital.

Mientras exista cualquier actividad humana que requiera ser comunicada al pรบblico, existirรก periodismo. Y mientras exista periodismo, existirรก alguien dispuesto a ejercerlo. Porque habrรก profesionales como Domingo Tamariz Lรบcar โ€“quien en 2026 cumpliรณ 98 aรฑosโ€” que toman el periodismo con un sentimiento personal: Ha titulado bien su libro de memorias de sus siete dรฉcadas de actividad en periรณdicos y revistas como โ€œMemorias de una pasiรณn.โ€

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Mario Vargas Lllosa, quien tuvo en sus aรฑos juveniles contacto directo con alguna sala de redacciรณn en Perรบ y una agencia de noticias en Francia, escribiรณ en una de sus novelas que durante esa experiencia solรญan decirle que para ser y parecer periodista era necesario, despuรฉs de la hora de cierre del periรณdico, tomar cafรฉ, fumar un cigarrillo Inca y beber un buen trago. Y es que habรญa un sonido que definรญa las noches de cierre en las redacciones: un golpeteo metรกlico, insistente, casi animal y un grito del editor. El ruido venรญa de las mรกquinas de escribir --por lo general una Underwood-- que parecรญan tener vida propia, como si cada tecla fuera un latido y cada pรกrrafo una respiraciรณn. Los periodistas que trabajaron allรญ โ€“los de verdad, los que vivieron el oficio como una forma de estar en el mundoโ€” todavรญa escuchan ese sonido y ese grito cuando cierran los ojos.

Para esos hombres, que tenรญan callos como almohadillas en los dedos, no por tanto tecleo en las mรกquinas, sino por tanto tomar notas en sus libretas, ese era un ruido que no solo llenaba la sala: llenaba el alma. Y, aun asรญ, creaba un vacรญo que los periodistas buscarรญan amenguar pronto con un buen cafรฉ, un cigarrillo de tabaco sin curar y un buen trago de caรฑa a medio procesar. La redacciรณn era, pues, un territorio donde se sentรญa el fragor de la lucha por competir con otros periรณdicos, en un mundo en que apenas la radio y televisiรณn completaban los medios de difusiรณn. Era un lugar donde el tiempo tenรญa otro ritmo, donde la urgencia era una compaรฑera constante y donde la verdad se buscaba con la terquedad de quien sabe que no hay otro camino. Los periodistas escribรญan con prisa, pero tambiรฉn con una especie de devociรณn. Sabรญan que el campanazo del cierre podรญa sonar en cualquier momento, o que la voz del jefe de redacciรณn โ€“grave, firme, inapelableโ€”podรญa anunciar que la ediciรณn se iba, que ya no habรญa tiempo para corregir, que la historia debรญa quedar como estaba.

Ese instante era una mezcla de alivio y derrota. Alivio porque el trabajo estaba hecho. Derrota porque siempre quedaba la sensaciรณn de que se podรญa haber escrito mejor.

Los periodistas de entonces vivรญan en ese mundo, que era un filo entre la gloria y el infierno.

๐„๐ฅ ๐ฆ๐ฎ๐ง๐๐จ ๐๐ข๐ ๐ข๐ญ๐š๐ฅ ๐œ๐š๐ฎ๐ฌ๐š ๐๐ž๐ฌ๐œ๐จ๐ง๐œ๐ข๐ž๐ซ๐ญ๐จ ๐ฒ ๐ญ๐ซ๐ข๐ฌ๐ญ๐ž๐ณ๐š

Hoy, muchos de ellos miran el mundo digital con una mezcla de desconcierto y tristeza. No porque no comprendan la tecnologรญa โ€“la mayorรญa la usa con disciplina y curiosidadโ€” sino porque sienten que algo esencial se ha perdido en el camino.

Dieron algunos hasta cincuenta aรฑos al oficio o mรกs. Fueron largos aรฑos de madrugadas, de cafรฉs frรญos, de libretas llenas, de fuentes esquivas, de editores implacables, de cierres que parecรญan batallas y de comidas frรญas al llegar a casa. Y, por supuesto, de cigarrillos y bebidas espiritosas al final de la jornada, a la cual llegaban fรญsicamente exhaustos, pero rebosantes de energรญa que da el orgullo. Fueron dรฉcadas, muchos aรฑos creyendo que el periodismo era una misiรณn, no un empleo.

Y ahora, de pronto, el periodismo ya no es una profesiรณn: es un โ€œoficioโ€, un punto en un horizonte ampliado. Una palabra que suena a artesanรญa, a supervivencia con degradaciรณn, a algo que se hace con las manos y con el corazรณn, pero sin la estructura emotiva que antes la sostenรญa.

Esa palabra incomoda a los periodistas de la vieja guardia. Para ellos, el fin del papel y la tinta y el silencio de las redacciones no es solo un cambio tecnolรณgico: es una pรฉrdida emocional. Es ver cรณmo se apaga el ruido que acompaรฑรณ e hizo vibrar su vida entera.

๐„๐ฅ ๐ง๐ฎ๐ž๐ฏ๐จ ๐ฌ๐จ๐ง๐ข๐๐จ ๐๐ž๐ฅ ๐ฉ๐ž๐ซ๐ข๐จ๐๐ข๐ฌ๐ฆ๐จ: ๐ž๐ฅ ๐ฌ๐ข๐ฅ๐ž๐ง๐œ๐ข๐จ

Las redacciones de hoy son silenciosas. No hay campanas. No hay jefes gritando โ€œยกcierre!โ€ No hay teclas golpeteando como martillos diminutos.

El silencio es el nuevo sonido del periodismo.

Los jรณvenes escriben en pantallas luminosas, con teclados carentes de ruido y de alma. No solo tienen otras prioridades, sino que todo estรก encasillado en algo nunca oรญdo en las viejas redacciones del pasado: Tiempo real. Las historias, las fotos, los videos y los audios se editan en tiempo real. Las noticias se publican sin ceremonia en tiempo real. Ese instante sagrado en que la tinta se convertรญa en destino ha desaparecido. Ahora solo con presionar una tecla acceden a una ediciรณn automรกtica, con solo presionar una tecla la historia va a manos del editor, un alguien que casi siempre no estรก a la vista.

Para quienes vivieron el periodismo de antes, este silencio es casi insoportable. Es sepulcral. Es casi como un epitafio que corrobora la muerte del periodismo. No es que el periodismo haya muerto. Pero sรญ muriรณ la forma en que los viejos periodistas lo vivieron.

Muriรณ el olor de la tinta y del papel reciรฉn impreso. Muriรณ la ansiedad del cierre. Muriรณ la camaraderรญa de las noches largas. Muriรณ la certeza de que el periรณdico era el corazรณn de la ciudad y un empleador que llenaba de orgullo.

Lo que queda hoy es otra cosa. Un oficio mรกs solitario, mรกs fragmentado, mรกs incierto. Un oficio que exige reinventarse cada dรญa, que ya no promete estabilidad, que ya no ofrece un lugar donde quedarse para siempre.

๐‹๐š ๐ ๐ซ๐š๐ง ๐ญ๐ซ๐ข๐ฌ๐ญ๐ž๐ณ๐š

Los veteranos sienten una gran pena. Es una pena que no se dice, pero estรก clavada en el corazรณn. Una pena que golpea los recuerdos una y otra vez cuando ven que las facultades de periodismo desaparecieron con ese nombre, que ahora todo es Ciencias de la Comunicaciรณn, que los jรณvenes ya no sueรฑan con llegar a un gran diario, que la carrera profesional se volviรณ un oficio de habilidades dispersas.

Esos veteranos recuerdan cuando estudiar periodismo era un acto de fe. Cuando ejercer solo periodismo era un respiro de orgullo. Cuando entrar a una redacciรณn era entrar a un templo. Cuando un editor podรญa cambiar la vida de un reportero con una sola frase. Cuando la verdad era una bรบsqueda colectiva, no un producto de navegaciรณn digital.

Hoy, esa fe parece desvanecerse o ya se ha desvanecido.

Hay un gran dolor en los veteranos cuando ven cรณmo se transforma o se ha transformado lo que amaron. Para quienes dieron las mejores dรฉcadas de sus vidas al verdadero periodismo, esta transformaciรณn es un duelo.

Y, sin embargo, hay algo que no muere.

El ruido de las Underwood sigue allรญ, en algรบn rincรณn de sus memorias, de sus almas. El eco de la campana del cierre sigue vibrando en el pecho. La voz del jefe de redacciรณn sigue resonando como una advertencia y como un abrazo. La urgencia de contar la verdad sigue viva, aunque el mundo ya no la escuche de la misma manera.

Los periodistas veteranos saben que el oficio cambiรณ, que el papel se ha desvanecido, que las redacciones ya no son lo que fueron. Pero tambiรฉn saben que el periodismo โ€“el verdadero, el que se hace con rigor y con almaโ€” no ha desaparecido. Solo ha cambiado de piel.

Y mientras haya alguien dispuesto a escribir con la misma pasiรณn con que aquellos profesionales golpeteaban las teclas de una mรกquina de escribir, el ruido del periodismo seguirรก vivo, aunque sea en silencio.

Esos grandes periodistas, quizรกs para asegurarse que aรบn vive en ellos el espรญritu de los tiempos idos, se repiten una frase que es como un cordรณn umbilical entre la realidad y el pasado: โ€œUn periodista es como un mรฉdico: nunca se jubilaโ€.

Por ello siempre habrรก un periodista de la vieja guardia jubilado que escribe porque, como lo dijo Vargas Llosa, โ€œescribir no es un pasatiempo, un deporte. Es una servidumbre que hace de sus vรญctimas unos esclavos que nunca serรกn ni querrรกn ser libertadosโ€.

(Fin del tercer y รบltimo artรญculo)


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