DE LA CULTURA DE LA GUERRA A LA PROMESA DE LA RECONCILIACIÓN NACIONAL
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Por: José Carlos Luque Brazán
CONTINUIDADES Y TRANSFORMACIONES DEL DISCURSO INAUGURAL DEL FUJIMORISMO (1990-2026)
Resumen: El artículo analiza comparativamente los mensajes inaugurales pronunciados por Alberto Fujimori (1990) y Keiko Sofía Fujimori (2026), con el propósito de identificar las continuidades y rupturas de la cultura política del fujimorismo a lo largo de treinta y seis años. A partir del análisis crítico del discurso, la sociología histórica y la teoría de la colonialidad del poder, se sostiene que el discurso de Keiko Fujimori conserva la arquitectura narrativa construida por Alberto Fujimori —legitimidad popular, diagnóstico de crisis, reconstrucción moral del Estado, centralidad del trabajo y apelación a la unidad nacional—, pero desplaza el eje del conflicto desde la guerra contrainsurgente hacia la lucha contra el crimen organizado, la corrupción y la ineficiencia estatal. El estudio plantea que el fujimorismo no modifica sustancialmente su matriz discursiva, sino que la adapta a un nuevo contexto histórico caracterizado por la fragmentación institucional, la violencia criminal y los desafíos de la gobernanza contemporánea. Finalmente, se discute si este desplazamiento discursivo abre realmente la posibilidad de una cultura política orientada hacia la reconciliación nacional o constituye una reconfiguración de la misma lógica de excepcionalidad que caracterizó al proyecto político inaugurado en 1990.
Palabras clave: fujimorismo; análisis del discurso; cultura política; reconciliación nacional; democracia; colonialidad del poder; Perú.
Introducción
Los discursos inaugurales de los presidentes electos en el Perú constituyen uno de los actos performativos más importantes del poder político. No son únicamente rituales protocolarios destinadas a presentar un programa de gobierno; representan, sobre todo, la construcción simbólica de una nueva legitimidad estatal. En ellos, el o la presidenta electa, define el pasado que hereda, identifica los enemigos de la nación, establece las prioridades del nuevo ciclo político y propone una narrativa capaz de ordenar el horizonte de expectativas de la sociedad.
En América Latina, los mensajes presidenciales de toma de posesión poseen una importancia particular porque suelen pronunciarse en contextos de crisis institucional, fracturas sociales y redefiniciones del Estado. El discurso inaugural funciona como un mecanismo de producción de sentido político mediante el cual el nuevo gobierno intenta construir consensos, legitimar decisiones futuras y redefinir la relación entre el Estado, la ciudadanía y el poder.
Pocas experiencias permiten observar este fenómeno con tanta claridad como el fujimorismo peruano. Treinta y seis años separan el mensaje pronunciado por Alberto Fujimori el 28 de julio de 1990 y el pronunciado por Keiko Sofía Fujimori el 28 de julio de 2026. Ambos discursos emergen en coyunturas de profunda crisis nacional, aunque las características de esas crisis sean distintas. Alberto Fujimori asumió la presidencia de la república en medio de la hiperinflación, la guerra civil interna, el terrorismo, la crisis económica y el colapso institucional del Estado peruano. Su mensaje presentó un país devastado por la violencia, la corrupción y el fracaso económico, convocando a una reconstrucción nacional basada en la moralización, el trabajo y la autoridad estatal.
Keiko Fujimori, por su parte, inicia su mandato describiendo un Perú igualmente fragmentado, aunque atravesado por desafíos diferentes: crimen organizado, extorsión, corrupción sistémica, debilitamiento institucional, desigualdad social, cambio climático e ineficiencia administrativa. Su discurso identifica un Estado incapaz de garantizar seguridad, bienestar y oportunidades para la ciudadanía, proponiendo una profunda reorganización institucional sustentada en la eficiencia, la transformación digital, la transparencia y la recuperación de la confianza pública.
A primera vista, ambos mensajes parecen pertenecer a contextos históricos radicalmente distintos. Sin embargo, una lectura más detenida revela la persistencia de una arquitectura discursiva sorprendentemente estable. Los dos discursos parten de una legitimidad popular expresada en las urnas; ambos construyen un diagnóstico dramático del país recibido; los dos convierten al Estado en el principal objeto de reforma; ambos apelan al trabajo como fundamento moral de la reconstrucción nacional y concluyen convocando a la unidad del país como condición para superar la crisis. Lo que cambia no es tanto la estructura del relato como los enemigos que organizan dicha narrativa.
Este artículo sostiene que el discurso inaugural de Keiko Fujimori no constituye una ruptura con el proyecto político inaugurado en 1990. Por el contrario, representa una reconfiguración histórica de la matriz discursiva del fujimorismo. Mientras Alberto Fujimori edificó una cultura política organizada alrededor de la guerra interna, la excepcionalidad y la reconstrucción económica, Keiko Fujimori desplaza esa lógica hacia una narrativa centrada en la reconstrucción del Estado, la seguridad ciudadana y la reconciliación nacional. El cambio fundamental no reside en la gramática política del fujimorismo, sino en la redefinición del conflicto que legitima la acción gubernamental.
Desde una perspectiva metodológica, la investigación combina el análisis crítico del discurso, la sociología histórica y la teoría política para comparar sistemáticamente ambos mensajes presidenciales. Más allá de identificar semejanzas textuales, el propósito consiste en explicar cómo una misma tradición política adapta su narrativa de legitimación frente a las transformaciones neoliberales experimentadas por el Estado peruano y por el orden político latinoamericano durante las últimas tres décadas.
En términos más amplios, el estudio propone comprender al fujimorismo como una cultura política en permanente proceso de adaptación. Antes que interpretar el discurso de 2026 como una simple continuidad o como una ruptura absoluta respecto del discurso de 1990, se argumenta que expresa un proceso de resignificación histórica mediante el cual un mismo proyecto político busca conservar su identidad mientras redefine los problemas públicos, los lenguajes de legitimación y las formas contemporáneas del ejercicio del poder. En esta dirección no vamos a describir discursos políticos; vamos a explicar cómo los discursos presidenciales producen Estado, orden político y legitimidad.
I. El discurso presidencial como dispositivo de producción de la legitimidad política del Fujimorismo 1990-2026.
Los discursos inaugurales constituyen uno de los momentos fundacionales de toda comunidad política moderna. No representan únicamente la presentación pública de un programa de gobierno, sino que configuran un acto de producción simbólica del poder mediante el cual el nuevo liderazgo define el significado del pasado, interpreta la crisis heredada, identifica los adversarios políticos y construye un horizonte compartido para el futuro. En este sentido, el discurso presidencial no debe entenderse como un texto retórico aislado, sino como una práctica política que participa activamente en la producción y reproducción del orden social.
Max Weber (1978) sostuvo que toda dominación política requiere procesos permanentes de legitimación. Ningún gobierno puede sostenerse exclusivamente mediante el monopolio de la coerción; necesita construir un sistema de creencias que permita a los gobernados reconocer como legítimo el ejercicio de la autoridad. El discurso presidencial constituye precisamente uno de los principales mecanismos mediante los cuales esa legitimidad es producida, comunicada y renovada frente a la sociedad. En los momentos inaugurales del poder, la palabra presidencial no solamente describe la realidad; contribuye a crearla políticamente.
Pierre Bourdieu (1991), profundizó esta perspectiva al señalar que la palabra del Estado posee una autoridad performativa que deriva del capital simbólico acumulado por las instituciones. Cuando un presidente habla en nombre de la nación, no actúa simplemente como un individuo que expresa opiniones. Habla investido por una autoridad institucional que transforma determinadas interpretaciones del mundo en definiciones legítimas de la realidad social. Los discursos presidenciales inaugurales de Alberto Fujimori y de Keiko Fujimori, funcionan, como actos oficiales de clasificación simbólica mediante los cuales el Estado establece cuáles son los principales problemas nacionales, quiénes representan amenazas para la comunidad política y cuáles son las soluciones consideradas legítimas.
Desde otra perspectiva, Michel Foucault (1971), advirtió que los discursos no constituyen simples reflejos de la realidad, sino tecnologías de poder que organizan el campo de lo pensable y delimitan aquello que puede ser considerado verdadero. Cada formación discursiva selecciona determinados objetos, invisibiliza otros, distribuye responsabilidades y establece relaciones específicas entre conocimiento y poder. El discurso presidencial adquiere entonces una doble función: producir un diagnóstico autorizado de la realidad nacional y establecer las condiciones bajo las cuales determinadas políticas públicas aparecen como inevitables o necesarias.
Esta dimensión productiva del discurso político fue desarrollada posteriormente por Murray Edelman (1988), quien mostró que gran parte de la actividad política consiste en la construcción simbólica de problemas públicos. Los gobiernos no responden únicamente a crisis objetivamente existentes; también participan activamente en la definición de cuáles situaciones serán percibidas como amenazas prioritarias para la sociedad. De este modo, la selección de ciertos problemas —terrorismo, corrupción, inseguridad, pobreza o crimen organizado— constituye simultáneamente una estrategia de construcción de legitimidad para las decisiones gubernamentales que habrán de adoptarse posteriormente.
Desde la teoría del discurso político, Ernesto Laclau (2005), demostró que los proyectos hegemónicos logran articular demandas sociales heterogéneas mediante la construcción de significantes capaces de representar simbólicamente a la totalidad de la comunidad política. Conceptos como pueblo, nación, reconciliación, seguridad o democracia, funcionan precisamente como significantes vacíos cuyo contenido depende de la disputa política por su apropiación. El discurso inaugural constituye uno de los escenarios privilegiados para esa operación hegemónica, pues redefine quién representa legítimamente al pueblo y cuáles son los antagonismos que organizan el nuevo ciclo político.
A estas contribuciones se suma el análisis crítico del discurso desarrollado por Norman Fairclough (1992), y Teun A. van Dijk (1998), quienes sostienen que todo discurso político debe analizarse simultáneamente como texto, práctica discursiva y práctica social. Desde esta perspectiva, las elecciones léxicas, las estructuras argumentativas, las metáforas y los énfasis narrativos no son decisiones estilísticas neutrales; expresan relaciones de poder, ideologías y proyectos de reorganización social. Analizar comparativamente dos discursos presidenciales separados por más de tres décadas implica, por tanto, reconstruir las transformaciones de las relaciones entre Estado, sociedad y poder político que dichos discursos buscan representar y consolidar.
En América Latina, donde las transiciones políticas suelen estar atravesadas por profundas crisis institucionales, desigualdades estructurales y procesos recurrentes de reconfiguración estatal, los discursos inaugurales adquieren una importancia aún mayor. Funcionan como verdaderos actos de refundación simbólica mediante los cuales los nuevos gobiernos buscan reorganizar las expectativas colectivas, redefinir los límites del conflicto político y reconstruir la confianza ciudadana en las instituciones. En consecuencia, el análisis de estos discursos permite comprender no solamente las prioridades de un gobierno específico, sino también las formas históricas mediante las cuales distintas culturas políticas intentan producir legitimidad democrática.
Desde esta perspectiva, el presente artículo sostiene que los mensajes inaugurales de Alberto Fujimori (1990), y Keiko Sofía Fujimori (2026), son expresiones de una misma tradición política que, lejos de reproducirse mecánicamente, adapta su lenguaje, redefine sus adversarios y reconfigura sus mecanismos de legitimación en función de las transformaciones experimentadas por la sociedad peruana. La comparación no busca establecer semejanzas superficiales entre ambos textos, sino explicar cómo el fujimorismo ha resignificado su narrativa fundacional para responder a contextos históricos profundamente distintos sin abandonar los principios organizadores de su cultura política.
II. La construcción discursiva de la crisis como fundamento de la legitimidad presidencial fujimorista.
Toda refundación política necesita construir previamente una representación de la crisis que pretende superar. Ningún proyecto de gobierno inaugura un nuevo ciclo histórico sin producir simultáneamente un diagnóstico que explique por qué el orden precedente fracasó y por qué resulta indispensable un nuevo liderazgo. En consecuencia, la descripción del pasado no constituye un ejercicio neutral de memoria institucional; representa un recurso de legitimación mediante el cual el nuevo gobierno justifica las transformaciones que posteriormente impulsará. La crisis, antes que un simple hecho histórico, constituye una categoría política producida discursivamente.
En los mensajes inaugurales de Alberto Fujimori y Keiko Sofía Fujimori esta operación aparece con notable claridad. Ambos discursos comienzan construyendo la imagen de un Estado profundamente deteriorado, incapaz de garantizar bienestar, seguridad y gobernabilidad. Sin embargo, la naturaleza de la crisis cambia significativamente entre 1990 y 2026. Lo que permanece constante no son los problemas específicos, sino la función política que cumple la narrativa de la crisis dentro del proceso de legitimación presidencial.
El mensaje pronunciado por Alberto Fujimori en julio de 1990 presenta al Perú como una nación situada al borde del colapso. La crisis económica ocupa el centro del diagnóstico presidencial. La hiperinflación, la depresión productiva, el deterioro de las empresas públicas, el aislamiento financiero y la expansión del terrorismo aparecen articulados como componentes de una misma emergencia nacional. El nuevo presidente describe una economía "caótica y exhausta" y afirma recibir un país inmerso en "casi una economía de guerra", formulación que convierte la excepcionalidad en el marco interpretativo desde el cual deberá comprenderse la acción gubernamental.
La guerra no constituye únicamente una metáfora. Funciona como el principio ordenador de toda la narrativa presidencial. La existencia de enemigos internos —terrorismo, narcotráfico, corrupción y crisis económica— produce un escenario donde la reconstrucción nacional exige decisiones extraordinarias, disciplina social y concentración de la autoridad estatal. Desde esta perspectiva, la crisis no solamente explica el pasado; prepara las condiciones simbólicas para justificar un Estado con mayores capacidades de intervención.
Treinta y seis años después, Keiko Fujimori recurre a una estrategia discursiva sorprendentemente similar. También afirma recibir un Estado debilitado, incapaz de responder a las necesidades fundamentales de la ciudadanía. Sin embargo, el enemigo histórico ha cambiado. La amenaza principal ya no proviene de la hiperinflación ni de la guerra contrainsurgente, sino del crimen organizado, la corrupción sistémica, la extorsión, el abandono institucional y la ineficiencia administrativa. El diagnóstico presidencial sostiene que el Estado ha dejado de servir a los ciudadanos, que las instituciones fueron capturadas por intereses particulares y que millones de peruanos permanecen excluidos de servicios básicos indispensables.
Este desplazamiento resulta especialmente significativo. Mientras Alberto Fujimori construye una narrativa organizada alrededor de la supervivencia del Estado frente a amenazas insurgentes y económicas, Keiko Fujimori estructura su legitimidad alrededor de la capacidad del Estado para recuperar el control territorial, reorganizar la administración pública y cerrar las brechas sociales acumuladas durante décadas. La excepcionalidad continúa presente, pero adquiere una naturaleza distinta. La guerra interna es sustituida por la emergencia permanente producida por la criminalidad organizada, el cambio climático y la fragilidad institucional.
Desde la sociología histórica, esta transformación permite observar la adaptación de una misma cultura política a contextos profundamente diferentes. El fujimorismo conserva la necesidad de iniciar cada ciclo gubernamental mediante la representación de una crisis nacional de gran magnitud, pero modifica el contenido histórico de dicha crisis conforme cambian las amenazas que enfrenta el Estado peruano. No desaparece la lógica de la excepcionalidad; cambia el objeto sobre el cual ésta se construye.
Existe además una segunda continuidad menos visible pero igualmente relevante. Ambos discursos atribuyen el origen de la crisis al deterioro progresivo del Estado. Alberto Fujimori denuncia la corrupción, la burocratización y el fracaso económico heredado del gobierno anterior, sosteniendo que las instituciones públicas han perdido su capacidad para conducir el desarrollo nacional. De manera análoga, Keiko Fujimori presenta un Estado sin dirección estratégica, capturado por intereses particulares, incapaz de ejecutar políticas públicas eficaces y profundamente alejado de las necesidades de la ciudadanía.
La diferencia reside en que el discurso de 2026 incorpora una dimensión ausente en 1990: la calidad de la gestión pública como criterio central de legitimidad. La eficiencia administrativa, la transformación digital, la evaluación permanente de resultados y la coordinación intergubernamental aparecen como condiciones indispensables para reconstruir la confianza ciudadana. En consecuencia, la legitimidad presidencial ya no depende únicamente de restablecer el orden político, sino también de demostrar capacidad de gestión.
En términos analíticos, esta evolución permite sostener que el fujimorismo transita desde una legitimidad de la emergencia política, propia del contexto de guerra interna y colapso económico de 1990, hacia una legitimidad gerencial neoliberal extractivista, sustentada en la promesa de reconstruir la capacidad estatal mediante eficiencia, planificación y control institucional al servicio de un modelo económico extractivista. No se trata de una sustitución absoluta entre dos modelos políticos, sino de una reconfiguración histórica de la misma matriz de legitimación. La autoridad continúa justificándose por la magnitud de la crisis heredada; lo que cambia son las herramientas discursivas mediante las cuales se promete resolverla.
III. Del Estado de excepción al Estado gestor: la transformación del imaginario del poder en el fujimorismo (1990-2026)
La historia de los Estados modernos puede interpretarse como la historia de las distintas formas de legitimar el ejercicio del poder. Cada época produce un determinado imaginario estatal, define las amenazas que justifican la expansión de la autoridad y establece las capacidades que la sociedad espera de sus instituciones. En consecuencia, los discursos presidenciales no solamente anuncian programas de gobierno; también expresan una determinada concepción del Estado y del tipo de relación que éste debe establecer con la ciudadanía.
Los mensajes inaugurales de Alberto Fujimori y Keiko Sofía Fujimori permiten observar una transformación significativa de ese imaginario estatal. Ambos defienden un Estado fuerte, capaz de conducir el desarrollo nacional y recuperar la autoridad pública. Sin embargo, difieren profundamente en la naturaleza del poder que consideran necesario para alcanzar ese objetivo.
En 1990, Alberto Fujimori imagina un Estado cuya principal función consiste en garantizar la supervivencia misma de la República. La prioridad absoluta es recuperar el monopolio de la autoridad frente al terrorismo, estabilizar una economía devastada por la hiperinflación y restablecer la capacidad de decisión de las instituciones nacionales. La excepcionalidad constituye el principio organizador del discurso presidencial. La crisis económica, la violencia política y el aislamiento financiero son presentados como amenazas existenciales que obligan al Estado a actuar con rapidez, firmeza y concentración del poder.
Esta representación del Estado corresponde a lo que puede denominarse una legitimidad excepcional. El poder se justifica porque el país enfrenta circunstancias extraordinarias. Cuanto mayor aparece la magnitud de la amenaza, mayor resulta la aceptación social de decisiones excepcionales orientadas a restablecer el orden. En esta lógica, el Estado no es concebido principalmente como proveedor de servicios públicos, sino como garante de la supervivencia nacional.
El discurso de Keiko Fujimori introduce un desplazamiento importante. El Estado continúa siendo el actor central del proyecto político, pero su legitimidad ya no deriva exclusivamente de la capacidad para enfrentar una emergencia nacional. La autoridad comienza a justificarse por su capacidad para gestionar eficientemente los recursos públicos, coordinar instituciones, utilizar tecnologías digitales, evaluar resultados y reducir las brechas sociales mediante políticas públicas eficaces. El énfasis se traslada desde la concentración del poder hacia la capacidad administrativa del Estado.
Esta transformación aparece con claridad cuando el discurso incorpora categorías prácticamente inexistentes en 1990: planificación estratégica, metas medibles, evaluación permanente, identidad digital, inteligencia artificial aplicada a la administración pública, interoperabilidad institucional y modernización tecnológica. La eficiencia deja de ser un atributo secundario para convertirse en la principal fuente contemporánea de legitimidad estatal.
No obstante, sería un error interpretar este cambio como una ruptura con la tradición política inaugurada por Alberto Fujimori. Lo que observamos es una adaptación histórica de una misma cultura política frente a transformaciones profundas del capitalismo global, del Estado latinoamericano y de las nuevas formas de conflictividad social. Si en 1990 el principal desafío consistía en derrotar al terrorismo y estabilizar la economía, en 2026 el problema central radica en reconstruir la capacidad estatal para gobernar sociedades crecientemente complejas, fragmentadas y atravesadas por amenazas transnacionales como el crimen organizado, la corrupción sistémica y el cambio climático.
En este sentido, el discurso de Keiko Fujimori conserva un rasgo fundamental del fujimorismo original: la convicción de que la principal solución a la crisis nacional pasa por fortalecer al Estado. Sin embargo, el contenido de ese fortalecimiento cambia radicalmente. Ya no se privilegia únicamente la autoridad política; ahora se enfatiza la capacidad de gestión, la coordinación institucional y la innovación tecnológica como nuevas fuentes de legitimidad.
Desde la perspectiva de la sociología histórica, este desplazamiento refleja una transformación más amplia de las democracias latinoamericanas durante la posglobalización. Las amenazas contemporáneas rara vez adoptan la forma de guerras ideológicas o confrontaciones militares internas. En su lugar emergen problemas estructurales asociados a la gobernanza: criminalidad organizada, corrupción transnacional, captura institucional, crisis climática, fragmentación territorial y desigualdad persistente. En consecuencia, los discursos presidenciales modifican sus repertorios de legitimación. La autoridad ya no se justifica únicamente por la necesidad de restaurar el orden, sino por la promesa de administrar con mayor eficacia un Estado cada vez más complejo.
Esta transición permite proponer una interpretación más amplia del caso peruano. El paso del Estado de excepción al Estado gestor no constituye únicamente una evolución del fujimorismo; expresa una mutación más profunda de las derechas latinoamericanas en el siglo XXI. Las nuevas derechas ya no pueden legitimarse exclusivamente mediante discursos de seguridad nacional o anticomunismo. Deben presentarse, además, como administraciones técnicamente competentes, capaces de producir resultados medibles, optimizar recursos públicos y responder con eficiencia a demandas sociales cada vez más diversificadas.
Desde esta perspectiva, el discurso inaugural de Keiko Fujimori puede interpretarse como un intento de actualizar el imaginario estatal construido en 1990 sin abandonar su estructura política fundamental. La autoridad continúa descansando sobre la idea de reconstrucción nacional; lo que cambia es el lenguaje mediante el cual esa reconstrucción se hace políticamente aceptable. El orden ya no depende exclusivamente de la fuerza del Estado; depende también de su capacidad para gobernar con eficiencia, transparencia y planificación.
En este sentido, podemos señalar que las derechas latinoamericanas de la posglobalización están transitando desde una legitimidad basada en la excepcionalidad hacia una legitimidad basada en la gobernanza.
IV. De la cultura política de la guerra a la promesa de una cultura política de la reconciliación
Las culturas políticas no constituyen simples conjuntos de valores compartidos ni repertorios abstractos de creencias colectivas. Son estructuras históricas de producción de legitimidad mediante las cuales una sociedad organiza sus formas de comprender el poder, el conflicto, la autoridad y la ciudadanía. En consecuencia, toda cultura política establece un determinado modo de interpretar quiénes integran legítimamente la comunidad nacional, cuáles son las amenazas que enfrenta el Estado y qué tipo de autoridad resulta aceptable para garantizar el orden social.
Desde esta perspectiva, el fujimorismo no debe analizarse únicamente como un movimiento electoral o como un liderazgo personalista. Puede comprenderse como una cultura política que, desde comienzos de la década de 1990, ha producido un conjunto relativamente estable de representaciones acerca del Estado, la democracia, la seguridad, el desarrollo y la autoridad. Esa cultura política no ha permanecido inmutable; ha experimentado transformaciones importantes conforme cambiaron las condiciones históricas del Perú y del sistema internacional. Sin embargo, ha conservado una estructura narrativa suficientemente consistente para mantener una identidad reconocible a lo largo de más de tres décadas.
El discurso inaugural de Alberto Fujimori constituye el momento fundacional de esa cultura política. La nación aparece representada como una comunidad amenazada simultáneamente por la hiperinflación, el terrorismo, el narcotráfico y la corrupción. En consecuencia, el conflicto ocupa el lugar central de la narrativa presidencial. La reconstrucción del Perú exige derrotar enemigos claramente identificados, restablecer la autoridad estatal y recuperar la capacidad de decisión de las instituciones públicas. La unidad nacional no elimina el antagonismo; se construye precisamente alrededor de la existencia de amenazas comunes que deben ser enfrentadas mediante un liderazgo fuerte y un Estado capaz de imponer nuevamente el orden.
Esta lógica puede caracterizarse como una cultura política de la guerra, no únicamente porque el país enfrentara un conflicto armado interno, sino porque el propio discurso organiza la vida política mediante una lógica de confrontación permanente. El Estado aparece llamado a vencer, controlar, disciplinar y reconstruir. La legitimidad política descansa sobre la capacidad para derrotar amenazas existenciales. Incluso los conceptos de moralización, trabajo y desarrollo adquieren sentido dentro de una narrativa orientada a superar una situación excepcional.
Treinta y seis años después, el discurso de Keiko Fujimori conserva buena parte de esa gramática política, pero introduce una modificación significativa. Los enemigos ya no son Sendero Luminoso ni la hiperinflación. La amenaza principal proviene ahora del crimen organizado, la corrupción estructural, la extorsión, la debilidad institucional y las profundas desigualdades acumuladas por décadas de crecimiento económico insuficientemente redistributivo. El conflicto continúa presente, pero modifica profundamente su naturaleza histórica.
La transformación más relevante aparece, sin embargo, en la forma como el discurso intenta reorganizar la comunidad política. Mientras Alberto Fujimori convoca a derrotar enemigos para reconstruir la nación, Keiko Fujimori incorpora reiteradamente categorías como diálogo, coordinación, integración, trabajo conjunto, cooperación y, especialmente, reconciliación nacional. El cierre del mensaje presidencial sintetiza claramente esta orientación al convocar a las fuerzas políticas, a los gobiernos regionales, a los empresarios, a los trabajadores y a la ciudadanía a construir un proyecto compartido que supere las divisiones acumuladas por la historia reciente.
No obstante, este desplazamiento exige una interpretación cuidadosa. Sería metodológicamente incorrecto concluir, únicamente a partir del discurso inaugural, que el fujimorismo ha abandonado definitivamente su tradición política anterior. Los discursos presidenciales expresan proyectos normativos, no resultados consolidados. En consecuencia, el mensaje de 2026 debe entenderse como la formulación de una promesa política cuya realización dependerá del comportamiento efectivo del gobierno, de sus decisiones institucionales y de la manera en que administre inevitablemente los conflictos sociales que caracterizan a toda democracia.
Precisamente por ello, resulta más apropiado afirmar que el discurso de Keiko Fujimori abre la posibilidad de una cultura política orientada hacia la reconciliación nacional. Esa posibilidad no implica negar los conflictos sociales ni eliminar las diferencias ideológicas. Significa, más bien, desplazar el fundamento de la legitimidad desde la confrontación permanente hacia la capacidad del Estado para producir acuerdos, coordinar actores diversos y reconstruir la confianza entre ciudadanía e instituciones.
Esta interpretación adquiere especial relevancia desde la perspectiva de la teoría democrática contemporánea. Hannah Arendt sostuvo que la política alcanza su sentido más profundo cuando crea espacios donde la pluralidad puede expresarse sin destruir la comunidad política. Charles Taylor y Nancy Fraser, desde perspectivas diferentes, insistieron en que el reconocimiento constituye una condición indispensable para construir sociedades democráticas capaces de integrar diferencias culturales, sociales y políticas. En esa dirección, una cultura política de la reconciliación no significa ausencia de conflicto, sino institucionalización democrática del conflicto mediante reglas compartidas, reconocimiento recíproco y fortalecimiento de la confianza pública.
Desde esta perspectiva, el discurso de Keiko Fujimori puede interpretarse como un intento de resignificar la tradición política inaugurada en 1990. La continuidad con el fujimorismo histórico permanece visible en la centralidad del Estado, en la apelación al trabajo, en la reconstrucción moral de las instituciones y en la identificación de una crisis nacional que exige liderazgo político. Sin embargo, emerge simultáneamente un esfuerzo por sustituir la lógica de la confrontación constitutiva por una narrativa orientada hacia la reconstrucción de los vínculos sociales y la gobernabilidad democrática.
El verdadero significado histórico de esta transformación no podrá establecerse únicamente mediante el análisis del discurso. Será necesario observar la relación entre palabra y práctica gubernamental. Sin embargo, desde el punto de vista del análisis político, el mensaje inaugural de 2026 constituye un documento particularmente significativo porque muestra cómo una tradición política profundamente asociada al conflicto intenta presentarse, por primera vez, como promotora de una narrativa de reconciliación nacional. Esa tensión entre continuidad y transformación constituye, precisamente, el principal hallazgo de esta investigación.
El fujimorismo no abandona su cultura política fundacional; intenta resignificarla mediante una transición desde una legitimidad sustentada en la confrontación hacia una legitimidad basada en la gobernanza y la reconciliación nacional, articulando así una democracia reconciliatoria, es decir, una forma de gobernanza política cuyo principio organizador consiste en transformar antagonismos históricos en conflictos institucionalizados mediante el reconocimiento, la inclusión, el fortalecimiento estatal y la ampliación de la ciudadanía.
Conclusiones: Del fujimorismo histórico al fujimorismo de la posglobalización
El análisis comparativo de los mensajes inaugurales de Alberto Fujimori (1990), y Keiko Sofía Fujimori (2026), permite sostener que el fujimorismo constituye una cultura política con una notable capacidad de adaptación histórica. Lejos de reproducirse mecánicamente o de romper completamente con su tradición fundacional, el proyecto político fujimorista ha reconfigurado sus mecanismos de legitimación para responder a las profundas transformaciones experimentadas por el Estado peruano, la sociedad y el contexto internacional durante las últimas tres décadas.
La principal continuidad observada no reside en las propuestas programáticas específicas, sino en la arquitectura discursiva mediante la cual ambos liderazgos producen legitimidad política. Tanto Alberto como Keiko Fujimori inician sus gobiernos mediante una secuencia narrativa extraordinariamente semejante: ambos construyen un diagnóstico dramático del país recibido; presentan al Estado como una institución profundamente debilitada; identifican una crisis nacional que exige una respuesta excepcional; apelan al trabajo como fundamento moral de la reconstrucción colectiva y concluyen convocando a la unidad nacional como condición indispensable para superar las dificultades heredadas. La persistencia de esta estructura confirma que el fujimorismo posee una gramática política relativamente estable que trasciende las coyunturas electorales y las diferencias generacionales.
Sin embargo, la investigación demuestra igualmente que dicha continuidad convive con transformaciones profundas en la naturaleza del conflicto político. Alberto Fujimori organizó su legitimidad alrededor de una cultura política de la guerra. La violencia subversiva, la hiperinflación, el narcotráfico y el colapso económico fueron construidos como amenazas existenciales que justificaban un Estado fuerte, decisiones extraordinarias y una reconstrucción nacional sustentada en la autoridad. La excepcionalidad constituyó entonces el principio organizador de la legitimidad gubernamental.
El discurso inaugural de Keiko Fujimori revela un desplazamiento significativo. La guerra contrainsurgente desaparece como eje articulador del relato presidencial y es reemplazada por una narrativa centrada en la gobernanza contemporánea. El crimen organizado, la corrupción estructural, la inseguridad ciudadana, la ineficiencia administrativa, la fragmentación institucional y las brechas sociales ocupan ahora el lugar que anteriormente correspondía al terrorismo y a la hiperinflación. El Estado continúa siendo el principal instrumento de transformación nacional, pero la legitimidad ya no depende exclusivamente de su capacidad coercitiva; descansa cada vez más en la eficacia de su gestión, en la planificación estratégica, en la transparencia, en la innovación tecnológica y en la capacidad para coordinar actores diversos.
Esta transición permite proponer una interpretación más amplia sobre la evolución reciente de las derechas latinoamericanas. El caso peruano sugiere que los procesos de legitimación política en la posglobalización están experimentando una mutación desde formas de autoridad sustentadas en la excepcionalidad hacia formas de autoridad basadas en la gobernanza. En otras palabras, la fortaleza del Estado deja de medirse únicamente por su capacidad para derrotar enemigos y comienza a evaluarse también por su capacidad para administrar eficientemente sociedades complejas, fragmentadas y atravesadas por múltiples riesgos transnacionales.
En este contexto, el elemento más novedoso del discurso de Keiko Fujimori reside en la incorporación explícita de la reconciliación nacional como principio ordenador del nuevo ciclo político. Conviene, sin embargo, evitar interpretaciones apresuradas. El análisis realizado no permite afirmar que el fujimorismo haya abandonado definitivamente la cultura política inaugurada en 1990. Lo que puede sostenerse es que el discurso presidencial intenta resignificar esa tradición mediante una narrativa que desplaza parcialmente la lógica del antagonismo hacia un lenguaje de cooperación, diálogo, coordinación institucional y reconstrucción del tejido social. La reconciliación aparece, por tanto, como un horizonte normativo propuesto por el discurso, cuya realización dependerá de la práctica gubernamental y de la manera en que el Estado procese los inevitables conflictos propios de una sociedad democrática.
Desde el punto de vista teórico, esta investigación propone comprender las culturas políticas no como repertorios estáticos de valores, sino como estructuras históricas de producción de legitimidad. Cada cultura política reorganiza permanentemente la relación entre Estado, ciudadanía, conflicto y autoridad para responder a las transformaciones de su tiempo. Bajo esta perspectiva, el fujimorismo constituye un ejemplo particularmente ilustrativo de cómo un mismo proyecto político puede conservar una identidad reconocible mientras redefine sus lenguajes de legitimación, modifica la representación de sus adversarios y adapta sus promesas de gobierno a nuevos escenarios históricos.
Finalmente, el caso analizado abre una agenda comparativa para el estudio de las derechas latinoamericanas en el siglo XXI. Resulta pertinente investigar si procesos similares de transformación discursiva pueden observarse en otros gobiernos de la región y si la gobernanza, la eficiencia estatal y la reconstrucción institucional están sustituyendo progresivamente a las narrativas clásicas de la guerra interna, la seguridad nacional o el anticomunismo como principales fuentes de legitimidad política. Responder a estas preguntas permitirá comprender con mayor precisión las formas contemporáneas de producción del poder en América Latina y los nuevos desafíos que enfrentan las democracias de la posglobalización.
La posglobalización no sólo transforma la economía y las relaciones internacionales; también modifica la manera en que los gobiernos construyen legitimidad. La autoridad política deja de sustentarse prioritariamente en la movilización frente a enemigos ideológicos y pasa a fundamentarse en la promesa de gobernar con eficacia sociedades atravesadas por riesgos complejos, fragmentación institucional y demandas crecientes de reconocimiento, seguridad y bienestar.
De esta forma, la comparación entre los mensajes inaugurales de Alberto Fujimori (1990), y Keiko Sofía Fujimori (2026), nos permite sostener que el fujimorismo constituye una cultura política históricamente dinámica, capaz de preservar una identidad discursiva relativamente estable mientras adapta sus mecanismos de legitimación a las transformaciones experimentadas por el Estado peruano y por el orden político latinoamericano. La investigación demuestra que la continuidad del fujimorismo no debe buscarse en la reproducción mecánica de políticas públicas o programas de gobierno, sino en la permanencia de una arquitectura narrativa que organiza la relación entre crisis, Estado, autoridad y reconstrucción nacional.
Ambos discursos comparten una misma secuencia de legitimación política. En primer lugar, construyen un diagnóstico de crisis nacional que presenta al Estado como una institución debilitada e incapaz de garantizar el bienestar colectivo. En segundo término, identifican amenazas que ponen en riesgo la continuidad del proyecto nacional y justifican la necesidad de un liderazgo fuerte. Posteriormente, proponen la reconstrucción moral e institucional del Estado como condición para recuperar la gobernabilidad. Finalmente, apelan al trabajo, al esfuerzo colectivo y a la unidad nacional como fundamentos éticos del nuevo ciclo político. Esta estructura narrativa constituye el principal elemento de continuidad del fujimorismo durante más de tres décadas.
No obstante, la investigación demuestra igualmente que la naturaleza histórica de la legitimidad presidencial experimenta una transformación significativa. Alberto Fujimori construyó su liderazgo en el contexto de una economía colapsada y de una guerra interna que situaba al terrorismo, la hiperinflación y el narcotráfico como amenazas existenciales para la supervivencia del Estado. En consecuencia, la legitimidad gubernamental se organizó alrededor de una cultura política de la excepcionalidad, donde la autoridad encontraba su justificación en la necesidad de restaurar el orden frente a un escenario percibido como extraordinario.
El discurso de Keiko Fujimori conserva esa lógica de reconstrucción estatal, pero modifica profundamente el contenido del conflicto. La amenaza principal deja de ser la guerra interna y pasa a concentrarse en la criminalidad organizada, la corrupción sistémica, la fragmentación institucional, la inseguridad ciudadana, la desigualdad y la ineficiencia administrativa. Este desplazamiento representa mucho más que una actualización temática. Expresa una transformación en la forma misma de producir legitimidad política. El liderazgo presidencial ya no se justifica únicamente por su capacidad para enfrentar enemigos excepcionales, sino por su capacidad para gobernar eficazmente un Estado complejo, coordinar instituciones, incorporar innovación tecnológica y responder a demandas sociales crecientemente diversificadas.
Desde esta perspectiva, el principal hallazgo del estudio consiste en identificar una transición desde una legitimidad excepcional hacia una legitimidad de gobernanza. Mientras el discurso de 1990 descansaba sobre la excepcionalidad política y la restauración del orden, el de 2026 desplaza progresivamente el fundamento de la autoridad hacia la eficacia administrativa, la planificación estratégica, la transparencia institucional y la producción de resultados verificables. El Estado continúa ocupando el centro del proyecto político, pero su fortaleza ya no se mide exclusivamente por su capacidad coercitiva, sino también por su desempeño como organización pública capaz de producir bienestar, seguridad y coordinación social.
Sin embargo, la innovación más significativa del discurso de Keiko Fujimori aparece en la incorporación de la reconciliación nacional como principio articulador del nuevo ciclo político. A diferencia del discurso inaugural de 1990, organizado alrededor de una lógica de confrontación frente a amenazas existenciales, el mensaje de 2026 incorpora de manera sistemática categorías como diálogo, cooperación, coordinación institucional, unidad y reconciliación. Este cambio no autoriza a concluir que el fujimorismo haya abandonado definitivamente la cultura política inaugurada por Alberto Fujimori. Lo que sí permite afirmar es que intenta resignificarla mediante una narrativa orientada a reconstruir la confianza entre Estado y sociedad en un contexto profundamente distinto al de finales del siglo XX.
En consecuencia, el artículo sostiene que el fujimorismo de la posglobalización no representa una ruptura con su tradición histórica, sino un proceso de adaptación discursiva mediante el cual redefine sus fuentes de legitimidad frente a nuevos escenarios de conflictividad. La guerra interna es sustituida por la gobernanza; la excepcionalidad por la gestión; el enemigo insurgente por las amenazas asociadas a la criminalidad organizada, la corrupción y la fragilidad institucional. La continuidad reside en la estructura política del relato; la transformación se expresa en la redefinición de los problemas públicos y de los instrumentos mediante los cuales el Estado pretende enfrentarlos.
Desde un punto de vista teórico, esta investigación propone comprender las culturas políticas como estructuras históricas de producción de legitimidad, capaces de reorganizar continuamente la relación entre Estado, ciudadanía y conflicto sin perder necesariamente su identidad histórica. Esta perspectiva permite superar las interpretaciones dicotómicas que conciben los proyectos políticos exclusivamente como continuidad o ruptura. Las culturas políticas evolucionan mediante procesos de resignificación que preservan determinados principios organizadores mientras modifican los lenguajes, los repertorios simbólicos y los mecanismos de construcción del consenso.
Finalmente, el caso peruano ofrece elementos para una reflexión más amplia sobre las transformaciones recientes de las democracias latinoamericanas. La posglobalización no ha modificado únicamente la economía internacional o las formas contemporáneas del capitalismo; ha transformado igualmente los mecanismos mediante los cuales los gobiernos producen legitimidad. La autoridad política tiende a desplazarse desde narrativas centradas en enemigos ideológicos hacia discursos orientados a la eficacia estatal, la seguridad ciudadana, la gestión pública y la reconstrucción institucional. Comprender esta transición constituye uno de los desafíos centrales para el estudio de la cultura política latinoamericana durante el siglo XXI.
En este sentido, el fujimorismo ofrece un caso privilegiado para observar cómo un mismo proyecto político puede preservar su identidad histórica mientras adapta su narrativa a las nuevas condiciones de la democracia contemporánea. La verdadera pregunta ya no consiste en determinar si existe continuidad o ruptura entre Alberto y Keiko Fujimori, sino en comprender cómo las culturas políticas transforman sus formas de legitimación para sobrevivir en escenarios históricos radicalmente distintos. Esa interrogante trasciende el caso peruano y abre una agenda comparativa para estudiar la evolución de las derechas latinoamericanas en el contexto de la posglobalización, donde la disputa por el poder se libra cada vez más en el terreno de la gobernanza, la eficacia estatal y la reconstrucción de la legitimidad democrática.
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