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“Del Consejo de Consulta a la Kermes”: Cuando la participación se queda en la fiesta vacía

Writer: Perú USA Southern CA
Perú USA Southern CA
Oct 2
3 min read

Por: Edgard Bocardo

Analista de riesgos y economía política

Buenos Aires, 28 de septiembre de 2026.


Lo que debió ser una jornada de participación, representación y conciencia política para la comunidad peruana en el exterior terminó reducido a una kermés. Comida, baile, sorteos y micrófonos encendidos; todo eso estuvo. Pero cuando la música se apaga y el escenario se desmonta, surge la pregunta incómoda: ¿Qué quedó cuando terminó la fiesta? Una comunidad no se transforma simplemente porque se reúne; se transforma cuando aprende. Y aquí perdimos una oportunidad histórica para pasar del entusiasmo ciego a la organización real.


El Consulado conoce de sobra nuestras dinámicas: sabe que nos movilizamos masivamente para comer, cantar y sacarnos fotos, pero que desaparecemos cuando llega la hora de discutir problemas, exigir derechos y sostener una agenda. Conociendo esa debilidad, la responsabilidad institucional no era solo convocar: era informar, formar y orientar. La omisión más grave no fue lo que se hizo, sino lo que no se hizo para que la gente comprendiera qué estaba votando. No obstante, la culpa no es solo del Estado. Nos hemos acostumbrado a una participación de bajo costo intelectual. Exigimos respeto como colectividad, pero desaparecemos cuando la convocatoria exige leer, informarse, redactar propuestas y asumir responsabilidades. Confundir estar juntos con estar organizados es nuestra mayor autoengaño. Llenamos una cancha, pero no una mesa de trabajo; llenamos un escenario, pero no un espacio de debate. Tener miles de contactos en el teléfono no sirve de nada si no existe una sola estructura de participación. Eso no es folklore: es pobreza organizativa.


Para los candidatos, la crítica debe ser implacable. Cayeron en la tentación más barata de la política contemporánea: la dopamina de la cámara y el aplauso fácil. Ser candidato no es salir en la foto ni sumar cincuenta seguidores. La política real no tiene glamour: es leer normas, revisar protocolos, armar bases de datos y escuchar problemas durante horas. Sin contenido ni articulación, la fotografía es solo vanidad individual gastada a costa del tiempo colectivo. El micrófono no puede seguir siendo un megáfono para animadores de «¡Viva el Perú!» y aplausos vacíos; el micrófono debe ser una herramienta para transmitir derechos, exigir cuentas y despertar conciencias.


No se trata de erradicar la alegría ni de exigir una comunidad triste. La gastronomía, la música y el deporte son excelentes puertas de entrada, pero la celebración jamás puede ser el techo de nuestras aspiraciones políticas. Si después del baile no hay conversación, si después del partido no hay organización y si después de la elección no hay seguimiento, no estamos construyendo ciudadanía: estamos fabricando recuerdos descartables. Y los recuerdos no cambian realidades.


Podríamos buscar la salida fácil y culpar a la falta de presupuesto consular o exigir auditorías presupuestarias. Pero eso nos dejaría en la superficie y nos eximiría de mirarnos al espejo. El verdadero fracaso no fue que la jornada terminara como una kermés, sino que nos vayamos a casa sin entender por qué ocurrió. Si no extraemos una lección concreta, la próxima elección será exactamente lo mismo: otra convocatoria, otro show, otra foto y, apenas se apaguen las luces, la misma desaparición de siempre. Nunca más un evento sin propósito.


Nunca más confundir convocatoria con participación, presencia con conciencia, ni fotografía con resultado. Si la cultura nos reúne, que la información nos despierte y la organización nos dignifique. Queremos festejar, sí, pero también pensar, proponer, controlar y representar. Es hora de dejar de medir el éxito por la cantidad de gente que asistió y empezar a medirlo por la capacidad colectiva que fuimos capaces de construir.



 
 
 

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